La IgG es especialmente importante en la defensa a largo plazo del organismo contra las infecciones, ya que presenta una respuesta más lenta pero más continuada que la IgM ante el estímulo antigénico de respuesta primaria; no obstante, los niveles de IgG aumentan de manera rápida y temprana al reexponerla al mismo estímulo antigénico. La IgG favorece la fagocitosis y activa el complemento. La IgG es la única inmunoglobulina que atraviesa la placenta, por ello resulta de especial importancia en la defensa del bebé contra las infecciones. Los cambios en la concentración de inmunoglobulina en el suero pueden clasificarse como sigue:
Hipogammaglobulinemias: La deficiencia de IgG puede ser genética, como en el caso de la inmunodeficiencia combinada grave, o adquirida, como en el caso del sida. Un diagnóstico definitivo requiere un evaluación extensa de la respuesta inmunitaria. La IgG también decrece como resultado de quemaduras térmicas, síndrome nefrótico, enteropatías con pérdida de proteínas y mielomas que no sean del tipo IgG.
Gammapatías policlonales: Los niveles altos de IgG en enfermedades autoinmunes (lupus eritematoso sistémico, artritis reumatoide, síndrome de Sjögren), sarcoidosis, enfermedad hepática crónica, algunas enfermedades parasitarias e infecciones crónicas o recurrentes.
Gammapatías monoclonales: p. ej., en mielomas múltiples del tipo IgG, linfomas, leucemia y otras dolencias.
Ensayo inmunoturbidimétrico de determinación cuantitativa de la inmunoglobulina G (IgG) en suero humano.